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Entre la memoria y la omisión: los peligros de normalizar la guerra otra vez

En Irán puede entenderse el festejo de hoy, pero, ¿el resto de nosotros realmente quiere volver a los conflictos del siglo pasado?

Después de todos los horrores del siglo XX, creí que habíamos entrado a una era más civilizada, donde un acuerdo tácito entre todas las naciones de occidente (y algunas orientales) había surgido con el propósito de no revivir nunca lo que con muchas dificultades, crisis y bajas se había superado.

La guerra en los primeros años de este siglo se vio cómo algo “lejano”, en el Oriente Medio -que “siempre ha estado en guerra”-, en África donde sus conflictos internos los han rebasado desde la colonización, pero fue Rusia, con su invasión “de tres días” a Ucrania en 2022, la que acercó a nuestro hemisferio político, nuevamente, la incertidumbre de la guerra.

Tan fácil como ha sido para otros gobiernos del mundo ignorar el avance de las dos grandes invasiones actuales –Rusia sobre Ucrania e Israel sobre Gaza –así ha sido regresar de golpe más de medio siglo para mantener una tensión mundial por capricho de unos cuantos, unos cuantos, que, recordemos, ni siquiera están en el frente, como son los mandatarios de las naciones belicosas.

En solo un año de administración, el gobierno de Donald Trump ha logrado desestabilizar, no solo a su continente, sino a Europa y ahora Asia, con amenazas directas de invasión a otros territorios bajo la excusa de su “seguridad nacional”, pero, qué difícil es caer en este discurso cuándo EEUU es el único país lanzando amenazas; cuando su propio líder ha vociferado a los cuatro vientos que “no hay país más poderoso” que el suyo ¿A qué le teme entonces? ¿Defenderse de qué?

Hoy escribo esto como ciudadana del mundo, que como seguramente todos los civiles en la historia, se siente ajena a los intereses de las potencias belicosas, y considera injusto tener que preocuparse por su futuro, y por el del planeta entero, por el capricho de un octogenario que tiene bajo su mando los controles nucleares. ¿Qué mira hacia el futuro puede tener alguien a quien quizá le queden menos de 10 años de vida?

Y es que sé que la tan citada “paz mundial” es una ilusión, una utopía imposible de alcanzar, pero hay una diferencia entre que cada país tenga sus conflictos internos, que ese mismo país debe resolver para alcanzar su estabilidad, y que una potencia se sienta con el derecho de intervenir en los asuntos de sus naciones hermanas y pretenda actuar violando el derecho internacional, trasgrediendo fronteras, bombardeando territorios, y en última instancia, invadiendo y construyendo sobre sus ruinas.

Y varios aplaudirán estos esfuerzos, que lamentable e ingenuamente creen desinteresados, pero si ayudar fuera el verdadero interés, la mejor manera de hacerlo sería recibiendo a los refugiados de estos territorios inestables, algo que la administración estadounidense actual, no solo se niega rotundamente a hacer, sino que ha dirigido la mitad de sus esfuerzos –y gran parte de su presupuesto- a expulsar a quienes ya habían alcanzado su santuario.

Es necesario dejar de ver todo por extremos, porque los extremos se rozan, siempre. Oponerse a la acción militar de un país sobre otro, no implica defender al gobierno autoritario del mismo, pero tampoco se puede defender lo indefendible: un gobierno que busca crear conflicto a gran escala, mientras en su territorio desampara a su población más vulnerable.

Un gobierno que no provee educación, vivienda o salud asequibles, que no combate su grave problema de adicciones, que usa sus fuerzas para la represión, que detiene y expulsa ciudadanos sin pruebas, todo mientras condena o desacredita cualquier indicio de crítica directa.

Un gobierno que elimina programas sociales de los que dependen millones, mientras gasta todo su presupuesto en armamento para ir a la guerra con países que no le han quitado nada, que ni siquiera están cerca de su territorio.

Que la gratitud de haber encontrado una vida mejor, no elimine el criterio de discernir si un líder es verdaderamente bueno, solo porque no es el opresor del que uno mismo huyó. Que el odio contra otro régimen no impida evaluar a otros, no solo como gobernantes, sino como seres humanos.

Quizá escribir lo obvio y evidenciar descontento no cambie mucho, pero en una era en la que –a diferencia de siglos anteriores- todos tienen voz y cambiar la historia a conveniencia del vencedor ya no es tan fácil, lo menos que podemos hacer es dejar el testimonio escrito de nuestra inconformidad. Que de haber un futuro, se sepa en él que, si la historia se repitió, no fue  por no conocerla.

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